Viaje ruta 66

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Día 21. San Francisco

Tiago | 30 Julio, 2009

Ya estamos aquí, después de haber recorrido lo más importante de San Francisco. Después de darle varias vueltas, hemos decidido hacer la conocida como “49 miles scenic drive”, que es un recorrido para hacer en coche que recorre las zonas más importantes de la ciudad. Realmente no se deja nada. Está muy bien planteada y señalizada con unas placas con una paloma, además de disponer del correspondiente mapa para las zonas en las que había dudas.

San Francisco es una ciudad fantástica en todos los aspectos. Tal y como ya habíamos leído anteriormente, esta ciudad es la más europea de todas las que hemos estado. El espíritu de la ciudad es muy distinto al resto (al menos el que hemos visitado) de Estados Unidos. Esta ciudad tiene vida y una variedad tremenda de cosas. Es una ciudad generadora de cultura entendida en todos los aspectos.

Puede que San Francisco no tenga algo mega espectacular que destaque, exceptuando quizás el magnífico Golden Gate, pero está llena de puntos de interés realmente atractivos. No te quedarás maravillado al primer vistazo, pero después de haber pateado y conocido lo más importante, no cabe ninguna duda de que estamos ante una de las ciudades más completas que uno puede visitar. Entre ayer y hoy hemos hecho casi de todo…

Visitamos Chinatown que teníamos aquí cerca del hotel, he hecho estamos junto a la puerta. El Chinatown de SF es la comunidad china más numerosa del mundo fuera de su propio país. Recorrimos las cuestas en el tranvía que es una experiencia genial, quizás lo mejor de la ciudad. Los trenes se inclinan tanto que parece que vas a salir disparado. El barrio de pescadores, Fisherman’s Wharf, está lleno de restaurantes, barcos y tiendas, y en general la comida es de mucha más calidad que en el resto de sitios. Por primera vez aparece el pescado en los menús. No en la variedad española, ni mucho menos, pero se agradece cierta variedad en las cartas. Junto al puerto también esta Pier 39, que es una especie de centro comercial en uno de los muelles. Además de tener cierto encanto, es famoso por las focas tomando el sol en una especie de plataformas de madera. Hay muchas más focas de las que uno espera y desde arriba parece como si fuera una lata de sardinas. No se ve ni un solo hueco.

En cuanto a barrios especiales habría que destacar especialmente dos muy “castizos”, el Haight Ashbury, que es el barrio de los hippies y Castro, el barrio gay. El primero me ha sorprendido gratamente. Tiene una calle llena de tiendas multicolores y gente extraña. No parecía seguro andar por la calle, ya que había mucho vagabundo y en general gente rara, pero la autenticidad que se respira en esa calle es difícil de igualar. Pese a haber mucho comercio no es una calle “comercial”. Hay mucha tienda de ropa de segunda mano, tiendas de artilugios para fumar y cosas hippies por todas partes. En la ciudad hay bastante vagabundo y buscavidas por la calle y es algo que me ha llamado la atención. En USA casi no había visto ninguno.

El segundo barrio, Castro, es uno de los iconos gays más importantes del mundo y todas las casas y comercios de la zona tienen algún motivo que lo atestigua. No sólo hay sexshops, espectaculos eróticos y bares de “ambiente”, sino que las casas tienen la bandera multicolor y en general se ve mucho gay por la calle. Son unas cuantas calles con mucha vida y merece la pena una visita.

En la 49 miles, además de visitar practicamente todas las zonas, nos ha llevado a la playa donde nos hemos mojado los pies mientras un tío nos hacía una foto. Ha sido una putada porque era el único calzado que teníamos, pero de alguna manera nos apetecía tocar el Pacífico por primera vez en nuestra vida. Las playas están a los pies del Golden Gate (el puente) y la imagen es preciosa. Que nadie se lleve  a engaño. Aquí la playa no significa bikini y castillos de arena. En San Francisco hace un frío impresionante. No ha sido una cuestión de estos días, sino que nunca pasa de 27 o 28 grados. Toda la ropa que has traído durante el viaje no vale para nada. Hazte a la idea que tienes que vestir como en noviembre en España. Además, la ciudad tiene una bruma permanente que se va desplazando intermitentemente por distintas zonas. Es difícil ver el puente completo, porque siempre hay niebla en uno u otro sitio.

También destacaría, además el parque Golden Gate (nada que ver con el puente, es sólo el nombre) que es verde, grande y variado y la vista desde Twin Peaks. Esto último es una montaña con dos picos desde la que se ve la totalidad de San Francisco. El skyline es muy bonito y permite hacer aún más evidente algo que ya has notado durante el resto de la visita: todas las casas son similares. Esto no lo digo como algo negativo, sino todo lo contrario. Por alguna razón yo tenía la idea de que esas casas victorianas de colores que son tan famosas sólo estaban en dos o tres calles de la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Toda la construcción, a excepción del Downtown (el centro) y Chinatown, es de ese tipo de casitas adosadas de estilo más o menos inglés y colores pasteles.

Hemos tenido tiempo a ver muchas más cosas, pero creo que ya vale por hoy. Hemos tenido la mala suerte de no tener entradas para Alcatraz, algo que me apetecía mucho, pero la ruta de 49 exige todo el día, así que casi nos ha venido bien. Mañana toca cruzar el Golden Gate para ir a Sausalito a darnos el último homenaje con la mejor mariscada que encontremos. Por la noche, muy de madrugada, tendremos que coger el avión hacia Chicago y luego a Madrid.

No pienso recapitular todavía. Nuestro viaje aún no ha terminado. Ya vendrán los momentos de volver la vista atrás y echar de menos todo esto.

Eso sí, me despido desde Estados Unidos. El próximo post será desde España y dentro de dos o tres días. Gracias a todos los que nos habéis seguido en esta gran aventura.

Como digo, ya haremos balance. De momento estamos en San Francisco. No te la pierdas¡¡

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Día 20. Yosemite - San Francisco

Tiago | 29 Julio, 2009

!Ya estamos en San Francisco, nuestra meta¡ Hemos llegado por la tarde después de un viaje un tanto pesado. La carretera desde Yosemite no es especialmente buena y, por fin, tras cruzar el Bay Bridge (un puente bastante largo que cruza la bahía), se ha mostrado ante nosotros la ciudad al completo.

Estamos situados en el centro, entre el Downtown y Chinatown, así que la situación es inmejorable. De momento las sensaciones son muy buenas, aunque aún nos queda mucho por ver.

Hoy, por primera vez, dejaré todo el relato de San Francisco para mañana una vez que hayamos visto mucho más, aunque ya hemos hecho unas cuantas por aquí. Ya daré más detalles, pero el tranvía subiendo por las cuestas, o Cable Car como lo llaman aquí, es espectacular.

Por cierto, hemos visto a Butragueño paseando con su una tía por Fisherman’s Wharf¡¡ La de cosas que pasan en un viaje…

Saludos desde San Francisco¡

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Día 19. Lone Pine - Yosemite

Tiago | 28 Julio, 2009

Hoy tocaba la visita al último parque nacional y lo íbamos a hacer a lo grande. Yosemite nos estaba esperando. A la salida de Lone Pine ya hemos podido comprobar cómo se las gastan los californianos en la gasolina. El sitio más barato creo recordar que fue Oklahoma a 2.12 el galón y por aquí está a 3.15. Gracias a gasbuddy.com, una página imprescindible para planificar dónde echar gasolina a buen precio, hemos encontrado a 2.80 así que a llenar el depósito para quemar rueda. Hoy ha sido una etapa bastante dura de coche. Luego comentamos.

Después de unas cuantas millas (a estas alturas de viaje 100 millas se pasan volando) hemos decidido desviarnos del Tioga Pass, para ver Bodie. Justos después del desvío está el Mono Lake, que es un lago bastante bonito. Una vez que te acercas huele bastante mal, pero llama la atención que, desde lejos, parece como si hubiera una especie de capa de suciedad o barro encima del agua. Es como si en la costa hubiera una capa de chapapote. Tienes que estar realmente cerca para darte cuenta de lo que realmente es: es una maraña ingente de insectos, una especie de moscas, en tal cantidad que parece un manto opaco. Las gaviotas bajan a comérselas y se va formando un revoloteo que despeja ese trozo del agua y se vuelve de color azul. Muy curioso.

El pueblo de Bodie exige un desvío de una hora y pico con las últimas millas por un camino sin asfaltar, pero realmente merece la pena. Es un antiguo pueblo minero abandonado y se ha reconvertido en parque estatal. La entrada vale 5$ por persona. El pueblo es típicamente del oeste americano, con todas las casas de madera y las tipicas tiendas, establos y cantinas que se podían encontrar ahí. No es una reconstrucción ni una especie de Eurodisney, sino un pueblo real. Algunas casas han sido restauradas, pero la sensación de andar por allí es genial. Sería algo así como el pueblo de Regreso al futuro III o de cualquier película del oeste. No hay Saloon, pero hay algunas tiendas en las que te puedes asomar, algunos bares que desde la ventana se ven cervezas y billares, una iglesia, una tienda de comestibles y hasta la cabaña del enterrador en la que se pueden ver ataúdes de todos los tamaños. En la mayoría no se puede entrar, pero se ve algo desde fuera. Si tienes tiempo es una visita que seguro que te encantará. Originalmente era más grande, cuando la mina de oro funcionaba a pleno rendimiento, pero después del abandono muchas casas desaparecieron.

A la vuelta nos esperaba Yosemite a través de su imponente entrada este, el Tioga Pass, una carretera de bastantes millas que sólo está abierta en los meses de buen clima, ya que la carretera se hace impenetrable en invierno. Casi antes de entrar al parque el paisaje se vuelve precioso. Los picos están nevados incluso ahora mismo a finales de julio y se sube hasta casi la misma altura. Comienzan a aparecer los primeros lagos y riachuelos y las praderas verdes lo llenan todo. Hay muchas millas de carretera hasta lo que realmente es el parque, el llamado Yosemite Valley, pero la carretera es una belleza inigualable. De alguna manera todo te suena conocido, ya que estos parajes han sido fotografiados en miles de ocasiones. Si vas a comprar un marco, probablemente contenga algún rincón de estos paisajes.

Si cada parque podría definirse con un adjetivo, el de Yosemite sería “belleza”. Aquí hay una armonía entre el agua, los bosques y las montañas que no te lo puedes creer. Hay que advertir que la carretera es muy exigente y no se puede contar el tiempo como lo has podido hacer el resto del viaje. Aquí se va muy despacio ya que podríamos decir que recorres 100 millas en un puerto de montaña.

Una de las cosas que más nos han gustado del parque ha sido Mariposa Grove, que en un bosque de sequoyas de hasta 3000 años de edad. Hay varias decenas de ellos de una gran altura, pero la anchura sobrepasa los límites de lo que esperas de un árbol. Cada una de las raíces multiplica varias veces la anchura de una persona. Algunos de los árboles están talados y puestos en horizontal, de cuando esta zona se explotaba por industrias madereras. Si verlos de pie impresiona, tenerlos tumbados en el suelo te permite entender mejor la envergadura de estos monstruos. Probablemente haya árboles más grandes, pero desde luego son los más grandes que yo había visto jamás.

El alojamiento dentro del parque es el más modesto que hemos tenido, que no el más barato. Es una especie de hilera de tiendas de campaña desperdigadas en medio del bosque. Estoy escribiendo esto junto a mi tienda debajo de un montón de árboles en un tupido bosque muy similar al hogar de los Ewoks de Star Wars. También recuerda a Viernes 13. Puede que nunca hayas estado aquí, pero cuando te viene a la cabeza una imagen de campamento americano seguro que estás pensando en el entorno que tengo a mi alrededor. La cabaña es muy austera, pero es tan especial y distinto que estamos muy contentos con habernos alojado aquí. La temperatura es ideal y no corre un pelo de aire. Desde que hemos llegado a esta zona hay carteles de osos por todas partes e incluso nos han hecho firmar un papel en el que asegurábamos, bajo pena de multa, que no había dejado comida en el coche que pudiera atraerlos. Junto al alojamiento hay una especie de cajón de metal que se supone que es antiosos para evitar que lo puedan abrir. Ya nos han advertido que suelen estar por aquí cerca. Lamentablamente no hemos visto ningún oso, pero un par de mapaches se han paseado por las mesas donde estábamos cenando en busca de comida. Por cierto, en ningún parque se puede alimentar a los animales. Cosa razonable por otra parte.

No vamos a poder hacer ninguna ruta muy larga por el parque, sólo paseos cortos, pero nos damos por satisfechos con la maravilla que hay aquí. Nos despedimos con pena de los grandes parques nacionales estadounidenses, pero como decía al comenzar esta etapa, lo hacemos a lo grande. Sólo Yosemite podía poner el broche de oro a semejante espectáculo de la naturaleza que ha pasado ante nuestros ojos durante estas tres semanas.

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Día 18. Las Vegas - Death Valley - Lone Pine

Tiago | 27 Julio, 2009

img_3607-badwaterLa salida de las Vegas con dirección norte hacia San Francisco, vía Yosemite, nos deparaba una grata sorpresa: el impenetrable Death Valley. Desde el principio quise optar por la opción norte en lugar de la opción sur, que habría supuesto Los Ángeles y subir por la costa. Creo que no me he equivocado.

Pese a tener que atravesar todo el desierto del Death Valley, no teníamos una etapa especialmente dura. Mucha gente va directamente hasta Yosemite, y nosotros hemos decididos hacer una escala en Lone Pine, un pequeño pueblo a unas cuantas millas del parque. El Death Valley (Valle de la Muerte) es impresionante.

Hay mucha gente que no hablaba bien de este parque. Que si era feo, todo igual o simplemente no tenía interés. A mí desde el principio me atrajo la idea de atravesarlo y ha sido una des mejores experiencias del viaje. La dureza del paisaje y de las condiciones climatológicas no tiene rival.

Desde la salida de Las Vegas el terreno se convierte en árido y agreste y cuesta encontrar una razón para los cactus hayan decidido instalarse por allí. Conforme te vas adentrando el paisaje, pese a ser siempre desértico, va cambiando de formas y colores. La temperatura comienza a subir grados hasta alcanzar cotas alarmantes.

La primera visita que hemos hecho es un punto cuyo nombre no recuerdo ahora mismo (Drew point, quizás) y desde allí se divisa el Badwater desde las alturas. Pese a tener que recorrer 30 millas de ida y vuelta merece la pena totalmente esta visita. Más adelante, adentrándote otras tantas millas en una carretera secundaria, visitas a pie lo que antes habías visto desde lo alto. El Badwater es una impresionante explanada blanca formada por sal y es el punto más profundo de todos los Estados Unidos. 85 metros bajo el nivel del mar. Por primera vez hemos sentido el calor aplastante en nuestros cuerpos, y eso que todavía le quedarían muchos grados por subir a lo largo del día. El desierto de sal es una imagen tan rara que parece casi que estés en las playas del caribe. Hay unos pequeños charcos de agua ácida y salinizada y la vida en esta tierra es absolutamente inexistente.

De vuelta del Badwater se pasa por una carretera de sentido único llamada Artist Drive, cuyo nombre se lo debe a que las montañas tienen diferentes colores. Hacia el final de la carretera el paisaje se vuelve definitivamente de otro planeta. Parece como si estás en marte o cualquier otro lugar desconocido. El cielo azul es lo único que te devuelve a la realidad. Estoy seguro de que al anochecer o al amanecer la sensación extraplanetaria es total.

Una vez que alcanzamos el punto medio del parque también hemos alcanzado el record de temperatura. 121ºF que corresponden a 49º centígrados¡¡ Una salvajada. Prometo que la sensación de abrir las ventanillas es inigualable. Es un calor que te envuelve y dificulta la respiración, pero no puedes evitar salir del coche para sentir una de las temperaturas más extremas que puede registrar cualquier punto del planeta. Cuando nos encontrábamos en la cúspide del calor hemos llegado a las dunas. Es lo más parecido a un desierto convencional, con arena blanca y algunos matorrales desperdigados. La salida del coche, de apenas 10 minutos, sirve para comprender que estas temperaturas no las has vivido antes. La arena quemaba los pies y es incómodo caminar de cara al viento porque escuecen los ojos. Cuando vas en el coche no puedes mantener la mano fuera de la ventanilla durante más de 30 segundos o empiezas a sentir síntomas de quemaduras. Es infernal, pero la experiencia es tan gratificante que no puedo hacer si no recomendar encarecidamente a todo el mundo que se adentre en el Death Valley.

Hacia el final del parque hay que subir un puerto y el coche ha comenzado a tener serias dificultades. El aire acondicionado a tope más los casi 50 grados del exterior y la subida de 20 millas ponen a prueba al mejor sistema de refrigeración. Hemos pasado un rato de preocupación, pero finalmente hemos terminado las subidas y todo ha vuelto a la normalidad. Nuevamente cambia el paisaje hacia la negrura de las tierras volcánicas. Todos los tipos de rocas negras y grises se agolpan formando montañas. Es curioso que, al no haber viento ni lluvia, las piedras permanecen como si una máquina las hubiera echado allí. No hay casi erosión, ni existe una capa de arena encima que las suavice. No es fácil encontrar montañas de piedras en otros lugares.

Y después de todo hemos llegado a Lone Pine, un pueblo arropado al oeste por la cordillera de Sierra Nevada. Al término del Death Valley, con 45 grados, se podían divisar los altos picos montañosos con nieve en la cumbre. Un desierto extremo y, a muy pocas millas, el hielo de las montañas. ¿Quién da más?

El valle de la Muerte tiene exactamente el nombre que debería tener. Estoy realmente contento de haber optado por atravesarlo.

Mañana vendrán las verdes praderas de Yosemite, pero eso ya contará en otra película.

p.d.: Esta foto no es nuestra, pero todavía no he tenido tiempo de sacarlas. Ya vendrán todas juntas a la vuelta…

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Día 17. Living Las Vegas

Tiago |

!Aquí es todo a lo grande¡ Llegamos ayer por la tarde y estuvimos recorriendo todos los hoteles. Como la primera noche estábamos en el norte, decidimos visitar el norte del strip (la calle principal) y hoy la parte sur. La entrada al hotel ya se hace a través del casino y la primera imagen impacta. ¡Qué lujo de casino y cuántas maquinas y mesas por todas partes! Ya te has imaginado que va a ser grande, pero es que aquí todo es exageradamente grande.

Y cuando digo que todo es exagerado es que lo es. Como en Jurassic Park, aquí no se ha reparado en gastos. El lujo de los hoteles y la inversión en los edificios es mayor de lo que uno piensa antes de venir aquí. La visita a Las Vegas, además de poder hacer muchas cosas, consiste en ir de hotel en hotel observando la que han liado en cada uno de ellos. Todo el mundo ya conoce los más importantes, pero el impacto que producen algunos de ellos es importante. Destacaría el París-Las Vegas, que recrea un plaza francesa en la que parece que es de día. El efecto está logradísimo. Suelen ser temáticos, aunque no necesariamente, pero hay muchos dedicados a un área en especial. El Luxor (desde el que escribo ahora) es de Egipto, The Vetenian es veneciano (por cierto, alucinante), el de la Mirageetro es una especie de selva, etc. Otros destacan por su lujosidad (aún más) o por tener alguna atracción en especial. Hay varios que organizan performance en la calle cada x tiempo. Nosotros vimos las fuentes del Bellagio y la erupción del volcán de Mirage. Ambas son muy recomendables si estás dando un paseo por el strip.

No puedo hablar de todo lo que hay aquí porque no acabaría nunca. Esta ciudad está preparada para pasarlo bien y para excederse en todo lo que quieras. Es perfecta para hacer una despedida de soltero. Después de tantos días por tierras americanas, se hace raro que esté todo abierto a todas las horas. Aquí la ciudad nunca duerme y es muy raro el establecimiento que cuelga el cartel de “closed”. Sólo voy a comentar aquí las cosas que me han llamado la atención y que no puedes leer en cualquier guía de Las Vegas.

Algo interesante es que bastantes tragaperras comienzan con una apuesta mínima de 1 centavo, es decir, que por un dólar puedes estar jugando media hora. Hay máquinas en las que dura mucho cada partida y tú puedes ir ajustando lo que juegas. Ahora juego 1 centavo y luego puedes estar jugando 4 $ por pulsación. Está planteado para todos los públicos, así que el dinero no es un traba para disfrutar de un buen rato de casino. Algo que puedo corroborar es que cualquier bebida es gratis. Pasan de vez en cuando unas tías que te traen lo que quieres, aunque algunas se quedan esperando un “tip”. También es cierto que se acercan más a las zonas donde se juega más pasta, pero no hemos tenido grandes problemas para pedir.

Por otro lado hay una cosa negativa y es que hace un frío exagerado. En Estados Unidos les encanta el aire acondicionado y suelen estar a unas temperaturas absurdamente frías, pero lo de los casinos de aquí es insoportable. Supongo que habrá alguna razón para ello. Puede que así la gente beba menos, o juegue con más nerviosismo y por tanto más rápido o algo parecido. Tiene que haber algo de eso, porque si no, no me lo explico. Ha habido ratos de pasarlo mal de frío. Si a eso le sumas que las temperaturas de la calle son altas (muy altas), comienzas a sentir síntomas de resfriado a la primera de cambio.

Otra cosa que me ha llamado la atención de aquí es que es todo más “seguro” de lo que esperaba. Suponía que el ambiente iba a ser algo más degenerado o más sensación de inseguridad. Algo más de “bajos fondos”. Sin embargo la sensación es de absoluta tranquilidad. En los casinos te encuentras desde mujeres de 90 años con pintas de ludópatas hasta neófitos como nosotros intentando aprender cómo se juega a los dados (no lo hemos conseguido).

Para jugar a lo realmente divertido, cartas, poker, dados, ruleta, etc. las apuestas empiezan en niveles más altos, así que hay que racionar mucho lo que juegas. Lo general es que la apuesta mínima sean 10 o 15$, así que hay que andar con mucho ojo. Las lucecitas, el cubata que te ponen, el poder fumar, el sonido, el ambiente… todo es propicio para que sigas jugando. La sensación que tienes en los casinos es que todo funciona estupendamente. Como un reloj (excepto el aire acondicionado).

La presencia del sexo no es especialmente evidente. Hay bastante gente por las calles dando papelitos con shows e historias, pero no te llaman especialmente la atención en los hoteles con cosas de este tipo.

Los casinos tienen que ganar barbaridades. No hay otro negocio que pueda mantener este tinglado que han montado en las Vegas. De verdad, aquí se han vuelto locos.

En fin, mañana ya nos vamos a cruzar el Death Valley camino de Yosemite, aunque haremos una escala previa. Las Vegas es una ciudad imprescindible de visitar, aunque con dos días es más que suficiente. Es tan recargada, exagerada y estridente que tiene un atractivo incomparable, pero también puede agotar. En Las Vegas he sentido por primera vez el cansancio físico. Las distancias entre hoteles no son muy grandes, pero todo tiene tal tamaño que no sabes la cantidad de kilómetros que puedes andar por las calles.

No lo dudes, Las Vegas es una ciudad que no te puedes morir sin visitar, pero estamos contentos de volver a nuestro particular viaje por el corazón de Estados Unidos. Eso sí, con la amplia satisfacción de haber disfrutado en una de las ciudades más particulares del mundo.

P.d.: No nos vamos ricos. Una pena.

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Día 16. Williams - Las Vegas

Tiago |

Para empezar no tengo Wifi ni hoy ni mañana, así que voy a tener que publicar estos dos post en diferido. Parece mentira que en Las Vegas, la ciudad en la que hay absolutamente de todo, te obligue a pagar casi 20 € por conectarte a internet en el hotel, cuando hay wifi gratis hasta en el peor de los garitos.

Hoy tocaba la despedida de la ruta 66 en uno de los tramos que más me han gustado. El trío Williams-Seligman-Kingman es de lo mejorcito y seguro que no defraudará a nadie. Seligman es encantador, con los famosos maniquís en una de las tiendas de la 66, pero cualquiera de ellas tiene algo especial. En la primera que se ve (viajando de este a oeste) tiene un garage lleno de coches y uno de ellos era especialmente friki, con un montón de colores y trastos y un árbol de navidad en la parte de atrás. Cual ha sido nuestra sorpresa cuando hemos visto que el coche funcionaba y se daba paseos con música por la calle principal de Seligman.

Desde aquí hay un tramo bastante grande hasta Kingman de la 66 original, así que ya no teníamos que volver a coger la interestal 40 nunca más. En Kingman sí que era el punto definitivo y hemos entrado a echar una cerveza en uno de los bares más auténticos de toda la ruta. Ni siquiera era un bar para moteros. Era un bar para la gente del pueblo en la que parecía que se reunían para ver partidos de beisbol, Nascar o lo que fuera. Hemos comido en un Dr. 66 dinner, o algo similar, siendo también muy cincuentero en la línea de otros que hemos estado ya antes. Nos han servido los mayores hot dogs que habíamos visto. Uno de ellos era con chili, que es una especie de carne picada, y prometo que no es posible que pudieran poner tantas cosas encima de un perrito. Una pasada. Eran tan grandes que prácticamente había que comérselos con cuchillo y tenedor. Muy recomendable y siguiendo en la línea del superengorde de la ruta.

Kingman está bastante bien y hemos parado a hacer la última foto en unas pintadas que hay en unos edificios. Ha dado pena abandonarla.

Y de ahí desvío al norte para ir a Las vegas. No teníamos pensado hacer dos noches, pero en una decisión de última hora hemos preferido estar dos días en esta ciudad loca. Eso sí, en dos hoteles diferentes, el Stratosphere al norte (el pirulí) y el Luxor al sur (la pirámide), pero de Las vegas hablaré en el próximo post.

Hemos pasado por Hoover Dam (la presa Hoover), que es la que arregla superman después del terremoto, y había un atasco de impresión. Están construyendo un megapuente para evitar tener que recorrer la presa y está todo patas arriba. Debido a esto no hemos encontrado ningún sitio para ver la presa en sí, pero el puente es tremendo.

En el próximo post la ciudad del pecado. Las vegas.

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Día 14. Williams - Sedona - Flagstaff - Williams

Tiago | 24 Julio, 2009

neon_at38892Hoy teníamos planeado otra noche en Williams y aprovechar el día para visitar los alrededores. Hemos vuelto a levantarnos pronto y, poco a poco, nos vamos amoldando más al horario americano. La verdad es que, quieras o no quieras, te tienes que acabar acostumbrando a madrugar y a cenar pronto, ya que la mayoría de los sitios comienzan a poner problemas para cenar a partir de las 9 o 10 de la noche. No deja de resultar un poco raro el que sean las tres de la tarde y no tengas la sensación de mediodía. Para cuando llega esa hora, llevamos tantas cosas pateadas y visitadas que tenemos la sensación de ser última hora de tarde. Si a eso le añadimos que aquí anochece antes, el ritmo hay que cambiarlo por fuerza mayor.

Para ir a Sedona y Flagstaff teníamos que retroceder por la 66 en dirección Chicago. Como Sedona estaba más lejos, hemos decidido ir primero, y lo que más puedo destacar es el entorno en el que se encuentra. Para llegar hasta allí tienes que atravesar un bosque nacional, el Coconino, y se encuentra cerca de un parque estatal conocido como Red Canyon. No confundir con el Red Canyon que estaba a la entrada de Bryce. Se llama igual, pero no son lo mismo. Como decía, el entorno es muy bonito y las pocas millas que nos separaban se hacen muy llevaderas. Sedona en sí nos ha decepcionado un poco, ya que no hemos encontrado nada más que tiendas y, la mayoría de ellas, con aspecto muy prefabricado.

Después de comernos un superperrito hemos llegado hasta Flagstaff. Esto ya sí que es una ciudad de un tamaño considerable y se ve mucha vida por todas partes. Siguiendo las indicaciones del gps (¡qué haríamos sin él!) hemos llegado al centro y en el centro de visitantes nos han recomendado visitar una zona que podríamos denominar “la más antigua” y se trata de un paseo entre tiendas, restaurantes y algún que otro bar. Flagstaff es uno de los puntos importantes de la 66, sin embargo hemos encontrado menos referencias a ella que en otros sitios, aunque probablmente no hayamos tenido suerte encontrando los sitios. Como estamos alojados en Williams, que sí nos parece realmente atractivo, las comparaciones son inevitables, así que hemos vuelto pronto por la tarde para terminar de exprimir el jugo a este pueblo.

Williams tiene también mucho comercio, sin embargo es un sitio con bastante “sabor”. Casi todos los restaurantes tienen algún atractivo, entre los que destacaría dos. El primero es uno llamado algo así como “66 brewery” que tienen una decoración muy rollo 50’s. Si el Route 66 diner de Albuquerque era muy Olivia Newton John (de Grease), este garito sería la versión de Travolta, es decir, un poquito más rockero. Allí nos comimos las mejores costillas de cerdo con salsa barbacoa que he probado en mi vida.

El segundo es el Twister Soda Fountain, un garito también muy ñoño 50 que tiene un precioso cadillac rosa aparcado en la puerta. Allí nos hemos tomado un superbatido, que era lo que le pegaba a ese sitio. Probablemente allá otros interesantes, pero es nuestra recomendación personal. En cuanto a comida también destacaría el recomendado por Fernandoontheroad, el Country Pine, con comida más casera de lo habitual por aquí. Tiene los postres de mayor tamaño que hemos visto en todo el viaje.

Esta es la última noche que pasaremos en la 66. Mañana recorreremos un tramo que tengo especial interés en visitar (Selingman-Kingman), pero ya la noche será en Las Vegas. En esta zona hay bastante tramo de la ruta original así que trataremos de hacerla entera.

Y por último ¡¡tengo que desvelar la gran mentira de los Estados Unidos!! Los cactus grandes con dos brazos doblados que aparecen en todos los dibujos animados no existen¡¡ Todo el mundo vienen con la idea, nosotros los primeros, de hacer una foto con el desierto y un gran cactus en primer plano. Desengáñate, nos los vas a ver¡ Hemos recorrido casi 3.500 millas por un montón de estados, atravesando desiertos y parques nacionales, caminando por rutas a pie y adentrándonos en caminos de cabras. Nada. Sin embargo los verás en todos los folletos, logotipos, matrículas, cuadros, etc. etc. etc., pero en directo no hemos visto ni uno. Sí que hay unos cactus chiquititos que son planos con hojas circulares y algún que otro pinchito y salen en ramilletes. Son bastante fáciles de ver, pero nada de los grandes. Durante el viaje hemos llegado a especular entre nosotros con la posibilidad de que se tratara de una especie extinguida, algo así como los dinosaurios, pero que nos lo han metido tanto en la cabeza que hemos llegado a pensar que era real. Aún nos queda la esperanza del Death Valley.

Nos quedan dos dudas en el aire: ¿dónde están los puticlubs y dónde están los cactus grandes? Quizás están todos juntos.

Hemos jugado por la noche en un bar a un juego que ya habíamos visto en otros bares de moteros y nos ha encantado. Es una especie de mesa muy larga en la que cada jugador tiene que ir deslizando unas fichas de metal intentando dejarlas en unas determinadas secciones que puntuan diferente. No me quiero extender en explicarlo, supongo que quien lo conozca lo habrá entendido. Es algo así como la petanca, pero deslizando fichas en lugar de lanzando bolas. ¿alguien sabe cómo se llama eso?

Pese a que parezca pesimista, el día de hoy ha sido también muy bueno. La mayoría de todas las cosas interesantes que pasan en este viaje son, precisamente, todas las que no estoy contando aquí.

Voy a ir haciendo hueco en la cartera para meter los dólares extras que ganaremos en Nevada.

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Arizona, Durante el viaje, Ruta 66

Día 13. Kanab - Williams

Tiago | 23 Julio, 2009

grancanyonYa teníamos ganas de volver a retomar la 66 en Arizona. Después de una semana de recorrer los parques nacionales, volvemos al mundo más terrenal de los pueblos encantadores, los neones, las tienditas y los bares con encanto.

El camino de Kanab (en Utah) hasta Williams traía consigo la visita al Grand Canyon (Gran Cañón, para los amigos), una de las siete maravillas naturales del mundo. El parque más conocido de Estados Unidos y uno de los más laureados. Pese a todo no tenía especial interés en este parque. Desde el principio se planificó una visita más o menos rápida para asomarnos a los distintos miradores y, una vez fuera, verlo desde donde realmente se puede apreciar el parque: desde el aire.

Hoy teníamos que hacer más millas que en etapas anteriores, pero se siguen haciendo llevaderas. La carretera en general no está resultado nada pesada, pese a que hemos recorrido más carretera de lo planeado. Aquí es tan cómodo conducir que se devoran los kilómetros. La llegada al parque por el lado este ya permite hacer algunas paradas para divisar el cañón. El primero es el Dessert Point, que ya permite hacerse una idea de cómo es el resto del parque. La visita a pie era como me esperaba: el cañón es tan impresionantemente grande que es casi imposible entenderlo como un sólo accidente geográfico. Me intentaré explicar.

El Gran Cañón es, para entendernos, una grieta gigante en la tierra por la que pasa el río Colorado. Si un sencillo humano ve una grieta en la carretera la puede entender. Si esta grieta va creciendo y va un riachuelo por dentro empieza a ser interesante. Según va haciéndose más y más grande el espectáculo es bárbaro. Esto es lo que ocurre con la mayor parte de los cañones que forma el Colorado más al norte. En ese punto, lo que ocurre en Horshoe Bend o en tantos otros puntos, la “grieta” es colosal, pero entendible y por tanto espectacular. Sin embargo, llega un punto que la anchura es tan grande que es muy difícil entenderlo como una abertura en la tierra y se convierte casi en un paisaje. Esto es, desde mi punto de vista, el problema del Gran Cañón. Desde el borde puede impactar, pero no se puede entender. El río colorado se convierte casi en un hilito entre semejante amplitud, así que puede parecer un conjunto más de rocas como se ven en otros puntos.

Pero todo esto tiene una solución: verlo desde el aire. Teníamos muy claro que queríamos sobrevolar el cañón en avioneta y esta iba a ser nuestra forma principal de verlo. Hemos pasado algunas horas dentro del parque, pero había que coger autobús y había tanta masificación de gente que apenas hemos estado en algunos puntos. A la salida del parque, camino de Williams, está un pequeño aeropuerto bastante activo que organiza salidas como la nuestra. Hemos ido ocho en el avión, con un piloto que tenía pinta de estar bastante pirado. La sensación de volar por el cañón es brutal. Aún así, incluso desde el aire es tan grande que parece increíble. Una de las cosas más alucinantes es que los bordes del cañón son una llanura extensa, muy extensa y lisa y, de repente, la tierra se hunde estrepitosamente en imponentes acantilados. Todo esto sólo se puede apreciar a cierta altura, así que mi recomendación personal es que, si sólo tienes dos o tres horas, lo veas en avión. En una hora, más o menos, recibirás el verdadero megaimpacto de esta monumental obra de la naturaleza. En foto es difícil apreciar, pero ésta que acompaña está hecha desde el avión (se ve la ventana). Esas paredes tienen una altura de un kilómetro y pico.

Finalmente hemos llegado a Williams (ya en coche) y en pueblo muy de ruta 66. Es más grande lo que me imaginaba (pensaba que era muy pequeñito), y tiene un par de calles llenas de tiendas y restaurantes. Ya ha vuelto a aparecer algo que echábamos de menos en los últimos días: echar un caña. Mentiría si dijera que en Colorado y Utah no nos hemos tomado ninguna cerveza, pero es difícil encontrar un bar. Sólo un bar. La mayoría son medio restaurantes que no te suelen dejar sólo echar una birra. Yo comprendo que ellos tienen otras costumbres y horarios, pero también hay que entender que yo a las 6 de la tarde quiero una caña, no cenar. En ese sentido han vuelto los bares de moteros oscuros con billares, dianas y placas por todas partes. También vuelve a haber más sitios nocturnos en los que echarte un cubata después de cenar. Por cierto, aquí ya tenemos la hora del Pacífico, 9 horas menos que en España, y se hace de noche prontísimo. A las 7 ya estábamos casi a oscuras. Supongo que según nos vayamos acercando a la costa esto cambiará.

El hotel es encantador. Es una casita con aspecto colonial reconvertida en motel. La distribución de las habitaciones, y todo en general, no es de un motel convencional. Las escaleras enmoquetadas que suben al primer piso tienen osos de peluche en un lado y la decoración de las zonas de paso y las habitaciones es casi como de niños. Es un poco ñoño, la verdad, pero mola bastante. Las paredes tienen flores, hay cortinas de puntilla y está todo bastante mimado. Incluso había un oso de peluche durmiendo en la cama cuando hemos entrado. Es algo así como ir a dormir a casa de la abuela, que es una decoración antigua, que no te gusta, pero está con cierto cariño y resulta acogedora y entrañable. Ha sido uno de los mejores moteles hasta ahora.

Por cierto, las camas son altísimas en todos los moteles. En muchas de ellas no te llegan los pies al suelo si te sientas. Y hay una cosa en común en todos los moteles, sean del precio o del calibre que sean: todas las habitaciones tienen cafetera, microondas y frigorífico. En los poquísimos casos en los que falta alguno de estos elementos, lo tienes en una zona común.

Mañana aún seguiremos por aquí porque queremos recorrer toda esta zona antes de perdernos en la ciudad del vicio. Ha vuelto a ser un gran día. Qué pena que se empiezan a quedar menos…

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Día 12. Bryce Canyon - Kanab

Tiago | 22 Julio, 2009

Hoy, pasado el ecuador del viaje, teníamos una etapa de pocas millas. Hemos salido de Bryce Canyon con destino a Kanab, usando la mayor parte del día en la visita a Zion. Éste es uno de los parques nacionales menos conocidos y suele obviarse en la mayoría de los viajes de la costa oeste. Probablemente una de las razones es que no es como los demás en algunos aspectos. Comencemos la película…

Hoy ha empezado el tiempo como acabó ayer, con frío y bastante nublado. No ha llegado a llover de forma constante, pero no ha salido el sol en todo el día. Si bien ayer esto fue un problema, en Zion ha sido algo de agradecer, ya que es el parque más exigente de todos los que hemos estado. No hacía calor (tampoco frío) y hemos podido disfrutar de algunas caminatas sin grandes esfuerzos. Zion no es un parque convencional por varias razones. Para empezar no se puede visitar en coche. Hay un punto a partir del cual tienes que coger el autobús que te va dejando en los principales puntos del parque. En otros parques estas paradas solían suponer asomarte a un mirador o atravesar un pequeño camino hasta divisar lo importante. En Zion las paradas son los puntos de inicio de largos senderos en los que te puedes pasar el día completo. Podríamos decir que es un parque nacional para montañeros, no para turistas convencionales.

La entrada al parque y todas las millas previas son una auténtica maravilla. La entrada a Bryce nos gustó, pero el entorno de Zion es, probablemente, la mejor de todas las “entradas”. Como suele ser habitual la casetita de entrada al parque está a bastantes millas del centro de visitas y donde realmente comienza el lío. Durante este trayecto se cruza un tunel bastante largo y que da algunos problemas de tráfico, pero unas ventanas se abren intermitentemente para avistar la montaña que estás cruzando. El último tramo es una carretera serpenteante entre rocas. Veníamos comentando que el paraje parece muy antiguo y parece el entorno ideal para que aparezcan unos cuantos dinosaurios vagando por ahí.

Ya advertía antes que el parque se vertebra en rutas a pie. Pese a que la carretera por la que pasa el autobús es bastante chula, sólo se puede disfrutar de este parque si estás dispuesto a invertir unas cuantas horas caminando. Nosotros, que no somos especialmente montañeros, hemos escogido hacer un par de rutas más o menos sencillas. Una ha sido la ruta “Emerald”, que termina en unas piscinas naturales con cascaditas en las rocas y otra ha sido el principio de los “Narrows”. Esta última es la más exigente del parque y puede requerir patear durante todo el día. La mayor parte del camino se hace a través de un riachuelo y necesita de calzado y equipación especial. Lamentablemente nosotros no lo llevábamos y nos hemos tenido que conformar con llegar hasta el punto en el que no quedan otros huevos que mojarte. Aún así el camino ha sido muy agradable y ya comenzaban a perfilarse lo que después serían los verdaderos “Narrows”, en los que las montañas casi se rozan creando pasadizos con paredes verticales de vértigo. Como recompensa a nuestra parada forzosa, hemos sido acompañados durante todo el camino por ardillas. No he tenido nunca demasiado contacto con estos animales, pero no me imaginaba que se pudieran acercar tanto a la gente. Estoy seguro de que si hubieramos querido meter una en la mochila, cosa que no nos habría importado, ésta no habría puesto ningún problema. Otra ruta recomendable es “Angel’s landing”, también muy exigente, pero bordearás los cañones por tramos tan extrechos que han tenido que colocar una cadena para evitar que la gente se caiga al vacío.

Zion es una especie de oasis en el círculo del Grand Canyon. Todos los parques de Utah, Arizona y Colorado son magníficos, pero en todos hay una constante: son paisajes desérticos o semidesérticos. Zion, en cambio, tiene múltiples riachuelos y zonas verdes, siendo su visita una experiencia bastante diferente. La única advertencia es que si quieres venir aquí, algo totalmente recomendable, estés dispuesto a darte una pequeña paliza para exprimir todo el jugo que hay aquí.

La tarde-noche la hemos pasado en Kanab, Utah, ya de camino al próximo destino: el Grand Canyon. Es un pueblo con bastante poca vida, pero es acogedor. Hemos entrado en una tienda con Levi’s 501 a 30$, así que hemos hecho lo propio, calzarnos uno. Por primera vez hemos tenido que comprar tabaco en USA. En el aeropuerto en Madrid cogimos tabaco porque, si vuelas al extranjero, te puedes ahorrar el IVA. Ya se nos había terminado así que tocaba averiguar precios. En los próximos días iremos tomando más referencias, pero hemos comprado Marlboro a 5$ y otro, de cuyo nombre no puedo acordarme, a 4.30$. El tabaco está caro, pero había imaginado que iba a ser superior. Al cambio no hay gran diferencia.

Aprovecho que tengo sitio para comentar un par de cosas que me llevan rondando por la mente desde que comenzó el viaje. La primera es que en Estados Unidos los coches no tienen claxon. Eso es al menos la conclusión que saco, porque en 3000 millas de carretera sólo hemos oido una vez el claxon en Chicago. La educación de los americanos se traslada a todos los niveles de la vida y la carretera no iba a ser menos. Además, esto se ha puesto a prueba en varias ocasiones. Sin ir más lejos, a la salida de Zion había un atasco importante sin razón aparente, y un carril avanzaba y otro no. Todos sabemos lo que habría ocurrido en España si se produjera esta circunstancia. Desde luego nuestro coche sí tiene pito, pero sólo lo hemos escuchado cuando le damos al mando para cerrarlo. Puede ser una gilipollez, y quizás todos los coches lo tengan, pero nosotros es la primera vez que vemos que un coche emita un pitido para localizarlo (por ejemplo en un parking). Este es el único uso que tiene el claxon por estos lares (muy útil por cierto).

La otra cosa que quería comentar es que para hacer este viaje hay que saber inglés. Puede que en otro tipo de viaje puedas ir señalando el menú con el dedo para que sirvan lo que sea, pero en una aventura de estas características tienes que hablar con mucha gente, preguntar un montón de cosas, enterarte de cómo funciona cada motel cada día, comer y cenar por ahí, etc, etc. Si no tienes ni idea de inglés será mejor que cojas un viaje organizado. Los americanos son gente encantadora, pero no parece que sean excesivamente pedagogos cuando no les entiendes.

Por último, antes de dejarlo hay que hacer una advertencia final: si eres muy tiquismiquis con el orden tendrás problemas¡ Nuestro coche se ha convertido en una especie de trastero en el que puedes encontrar de todo. Tenemos muestras de arena de todos los parques nacionales, además de maletas, comidas, folletos que se multiplican por las noches, ropa y miles de gadgets y aparatitos de todo tipo. Si alguien se asoma puede pensar que somos una especie de taxi de esos frikis que tienen un museo dentro de él.

Eso sí, mola un montón. Y mañana a recorrer el gran cañón para retomar de nuevo la 66, que ya tenemos ganas de civilización.

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Día 11. Page - Bryce Canyon

Tiago | 21 Julio, 2009

Después del éxtasis del Antelope Canyon tocaba ir a Bryce Canyon, unas 150 millas al norte. Este desvío al norte estaba exclusivamente planeado para ver este parque, ya que mañana tenemos que deshacer lo hecho para ver Zion y volver de nuevo al sur.

De camino a Bryce el tiempo se ha complicado mucho, con un cielo muy oscuro y lluvia. El camino hasta allí es muy bonito, ya que atraviesas varios bosques y se combinan terrenos desérticos (los tonos rojizos ya vistos en etapas anteriores) con verdes praderas y bosques. En cuanto a carretera ha sido una de las etapas más bonitas.

Para acceder a Bryce Canyon tienes que atravesar el Dixie National Forrest y el alucinante Red Canyon. Como su nombre indica la roca es completamente roja. Si en Arches o Monument Valley hablábamos de tonos rojizos, aquí ya vemos el color con una gran intensidad. Además se pasa a través de un par de arcos tallados en la roca que bien merecen alguna fotografía. Según vamos avanzando hacia el interior del parque se va haciendo más intensa la mezcla de suelo rojo con árboles verdes. Esta combinación para casi irreal, ya que ese terreno no parece que debiera tener vida.

Antes de entrar al parque hemos tenido una anécdota curiosa. Teníamos reservada la habitación en un motel normal y corriente (Bryce Canyon Lodge) y al llegar nos han dicho que fuéramos a un hotel nuevo que habían abierto. Por lo visto lo están promocionando, así que están desviando gente de uno a otro para que se empiece a conocer y se hable de él. Es un Best Western y realmente el cambio ha sido espectacular. Tiene un vestíbulo de madera muy alto muy en la línea de los típicos de estaciones de esquí. Todos los detalles son de un nivel superior, incluyendo el spa, las camas, el tamaño de la habitación, etc, etc. No podíamos estar más contentos.

Una vez que entrábamos a Bryce reconoceré que era el parque que menos me apetecía de todos. Pese a que en general todo el mundo, especialmente los americanos, hablan muy bien de él, no era un destino inicialmente atractivo. Esto tiene una ventaja y es que no tienes demasiadas espectativas que cubrir.

La verdad que me ha encantado. Ha sido una de las sorpresas del viaje ya que no lo esperaba. Así como otros parques están bien fotografiados, no hay en internet ninguna foto que haga justicia a este parque. Es muy difícil de fotografiar, es bastante poco agradecido. La parte principal es el anfiteatro, que es un gran cañón lleno de esculturas verticales elevandose hacia el cielo. Hay varios puntos desde el que ver esta parte y puedo decir que es espectacular. El tiempo no nos ha acompañado ya que hemos pasado frío. Hacía mucho viento, el cielo estaba nublado y las temperaturas eran muy bajas en comparación con lo que hemos estado sufriendo hasta ahora, pero aún así ha merecido la pena la visita a este singular escenario.

Como ha empezado a llover por la tarde de nuevo, sólo hemos podido ver la mitad del parque, siendo en su mayoría estructuras similares. Es curioso que la visita al parque se hace a través de un profundo bosque (Dixie) y sólo ves terreno desértico cuando paras en los puntos habilitados y desaparece el bosque para mostrar el cañón desnudo. En este parque es tan chula la carretera como las vistas. En la parte central del parque había habido un incendio recientemente, tan reciente que todavía salía humo y había brasas en algunos árboles. Se han quemado un montón de árboles y la imagen gris humeante y sin vida es bastante deprimente.

Teníamos intención de haer una ruta en quad, pero como el tiempo ha estado tan malo nos hemos tomado el resto de la tarde “libre”. Nos hemos acercado a tomar una cerveza a un pueblo cercano llamado Tropic y hemos encontrado una de esas mil cosas que hacen de este viaje interesante (y que la mayoría de ellas no nombro aquí). Cuando salíamos de una tiendas hemos visto una especie de mercadillo de cosas usadas o desfasadas que va dejando la gente y se venden tirados de precio. No había nadie atendiéndolo y había carteles que decían algo así como “Coge lo que sea y ve a pagarlo a tal sitio o a tal otro”. No nos hemos podido resistir a la tentación de picotear alguna cosa friki, como los vasitos de chupito más horteras que he visto en mi vida. Tienen una figura dentro de ellos (un oso y un águila) y costaban medio dólar. También han caido un par de huevos de gallina que tienen una semilla dentro y cuando lo abres un poquito crece una planta dentro. Vaya, que hemos ido pillando las mayores frikadas que íbamos encontrando. Creo que en total han sido 4 dólares.

Hay muchas cosas que no escribo aquí y me voy apuntando en un block de notas para no olvidarnos las cosas (quien dice block de notas dice iPhone), así que espero ir hablando de muchas de ellas en semanas venideros.  Una de esas cosas es la comida, pero creo que merecerá un post sólo para eso. Hay algo con los restaurantes que no deja de sorprenderme y es que tú realmente no pagas la bebida, sino que pagas un vaso, y se puede ir rellenando todo lo que quieras. Si es un sitio en el que te sirven, no paran de echarte una y otra vez, y si es autoservicio, puedes ir todas las veces que quieras y cambiar de bebida, café, o lo que te apetezca. Sobre la comida se podría escribir mucho.

Ha sido una pena el tiempo y no hemos podido hacer algunas rutas a pie que queríamos, pero aún así Bryce merece la pena.

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